—Repite —dijo el juez—. ¡Con calma!
Mantuvo en alto el índice
de amonestar y el agente bajó los ojos de parecer sumiso. Todos en derredor,
inmóviles, cohibidos, analizaban los pormenores de la escala gestual; buscaban en
los indicios un motivo para el suspiro.
El juez se sentó despacio;
aún esgrimía el dedo. El agente tomó aire. Pero el magistrado, de pronto, abrió
el puño. Fue una explosión de palmas taxativas, de rotundas palmas salomónicas
que no admitían dislates. El agente suspendió el aliento ante la admonición.
Pareció un episodio de quiromancia: en la mano abierta se podía leer,
silabeada, la inquietud de su señoría. El juez alzó también la palma izquierda,
y ya con ambas matizó, y modeló un ruego y lo esparció en el vacío. La súplica,
de tener forma, hubiera de ser redonda y liviana, y habría flotado despacio,
hasta perderse en el crucero; invisible y todo, el juez la contempló como si
llevara prendida su esperanza. El juez quería escuchar de nuevo aquel cuento y
a la vez no quería: era demasiado irreal como atestado y demasiado racional
como fábula. Asumió que sentía un miedo de inútil clasificación.
Apenas sumaban una docena,
pero se sentían muchedumbre. Apiñados en torno al confesonario, contritos por
simpatía, no sabían bien qué hacer con la mirada. Alguno, acaso el más
indolente, la paseaba por la iglesia; la detenía, por ejemplo, en el retablo,
donde la purpurina daba sustancia al álgebra celestial. El propio juez había
advertido las alegorías (el círculo inmaculado inscrito en el triángulo
impecable); pero, lejos de confortar, la solidez de lo divino acentuaba el
precario equilibrio humano. Sucedía además con el silencio. Los ecos del templo
se encontraban en lo más alto de las naves, provocando una suerte de desazón
abombada; y ese rumor pesaba sobre los susurros como un mandamiento violentado.
El párroco, hospitalario, había traído una silla para el juez, pero la ficción
del bienestar se tronzaba con los crujidos de la madera.
Su señoría se debatía
entre la firmeza del procedimiento y la cualidad blanda de sus deseos. Sobre
todo quería escapar; por un instante feliz, su pensamiento remontó la atmósfera
empolvada de la iglesia. Muy arriba, en los vanos del tambor, el aleteo de las
palomas era una mirífica presunción de ángeles. Aspiró el perfume sacramental
de la resina, del incienso y las flores pochas. Pero advirtió enseguida el peso
insoportable del deber. Juntó las palmas, como quien se ofrece a un sacrificio
litúrgico, y se resignó.
—Volvamos al principio.
¿Han salido las ancianitas? ¿Todas? —El agente asintió—. Que cierren las
puertas. Que nadie entre o salga sin mi permiso. No quiero sorpresas. ¿Estamos?
Un tipo uniformado apretó
el paso hacia la entrada. Esa nota de urgencia agravó el sentimiento de
intrusión y todos, una vez más, eludieron el contacto social de la mirada. A un
carraspeo del juez se irguieron, modosos; a una señal de su mentón, el agente
habló en voz baja.
—A ver, empiezo… —Antes de
hablar, para no hundirse en el fárrago, el agente tanteaba las palabras con la
punta del pie—. El párroco, aquí presente, ha encontrado el cadáver al acabar
la misa de siete. Digamos que a las siete y media. Todos los días, a esa hora,
puntual, el difunto salía del confesonario.
—Si salía difunto era cosa
de ver. ¿Y los otros curas?
—No hay más —terció el
párroco—. A esa hora, tan de mañana, nos valemos los dos. Está Martín, claro,
el monaguillo, pero no cuenta. Y el pobre, además...
—¿Dónde está?
—Espera en la sacristía.
Muy asustado.
El juez vio en el rostro
del párroco una razón oculta. No le pareció un gesto culpable. No era
complicidad con el monaguillo sino con el propio magistrado, como si ambos
compartieran un motivo sobreentendido. El cura tenía por amor de lo votivo un triste
color céreo
—¿Qué le llamó la
atención? ¿Por qué se acercó usted al confesonario?
—Cada mañana digo la misa
de siete y él atiende a los feligreses. Es más justo decir las feligresas, porque pocas veces hay hombres. Después de la misa,
teníamos la costumbre de desayunar juntos. ¡Magdalenas con vino dulce, fíjese!
Él siempre me esperaba ahí, donde el ambón. Hoy no. He visto encendida la lámpara
del confesonario y he supuesto que aún estaba ocupado. Luego, al rato, ya me ha
parecido extraño. He pensado que igual se había quedado dormido.
—Y se ha acercado y…
—Estaba muerto.
El juez se levantó. Le
bastó el arco de las cejas para dar instrucciones. El agente cerró la puerta
del confesonario, que rechinó con una estridencia sobrecogedora; apagó el foco,
suministro de la policía científica. Sin esa luz, que concedía al cadáver una
asepsia despiadada, industrial, la escena volvió al claroscuro tremendista. La
cabina estaba muy decorada con grutescos, que confluían arriba, en el friso, en
la talla de un calvario. Dos cortinas de terciopelo se apoyaban en la repisa.
Entre ambas, el rostro del cura era apenas un barrunto. Había una bombilla en
el interior que daba un resplandor tenue, casi extinto; tal vez no era útil al
confesor, pero sumergía al penitente en una formidable ilusión de presencias
sugeridas.
—Usted se acerca —siguió
el juez—, ¿y después?
—He mirado, claro.
—Hágalo.
El párroco apartó una
cortina y el brillo de los candeleros desveló media cara. Era una mitad
suficiente. Tenía el muerto los párpados caídos, lánguidos pero entreabiertos; la
hemorragia nasal, ya seca, evocaba un patético bigote pintado; en el belfo se
condensaba un grumo ominoso. Apoyado en la celosía, con la mandíbula descolgada
y esa pamplina en los ojos, el difunto se adentraba con pereza en la eternidad.
El juez se movía de un
lado a otro, atisbando con actitud pericial. No había gran cosa que ver, pero
formaba parte del protocolo. Los funcionarios seguían sus evoluciones con la
discreción reverente que merecen los grandes magos.
—Y usted no toca nada.
—Nada. ¿Qué había de
tocar?
—Y llama a la policía.
¿Por qué no pidió usted una ambulancia?
—¿Para qué? Estaba muerto.
—El párroco tenía esa voz aflautada, melindrosa, que se elabora como un
prodigio interdental. Pero la estropeó finalmente y el hombrecito comenzó a
llorar—. Estaba muerto…
El juez asistió impávido a
los sollozos. Un hombre puede esconder una mentira entre las lágrimas; se puede
atestiguar la verdad con un mutismo de apariencia culpable. Su señoría esquivó
un dolor tan bien llorado y se encaró con el forense de guardia preguntando con
el pico de las cejas.
—Le cuento más tarde a su
señoría, pero yo creo que es muerte natural.
Tres veces había repetido
el interrogatorio; las respuestas eran idénticas y apuntaban ya la sordina del
tedio. Arriba, en la cúpula, el zureo de las palomas tenía un rasgo de
impaciencia. Había llegado de nuevo al borde mismo de la sensatez, y la locura
intuida le producía vértigo. Pero se impuso disciplina sumaria ante lo
insoslayable.
El juez, entonces, volvió
a la silla, respiró hondo y extendió el índice.
—Ahora sigue. Repite. Pero
con calma.
El vacío rebombaba muy
grave y a veces apostillaba con ecos de agudeza infinita. El agente boqueaba, tímido,
aplastado por los armónicos del templo. Las palabras se desleían en su lengua
como pan consagrado.
—El párroco llama a
comisaría —empezó—. Tiene el instinto de pedir a las fieli… a las firigle…
—Las feligresas.
—A las viejas, sí. Tiene
el reflejo de pedir que se queden. Hay veinte. Veinte mujeres. Señoría,
necesito que crea que eran veinte. Voy y les tomo declaración. Durante la misa,
tres se confesaron con el finado. Las otras…
—Suéltalo.
—Son diecisiete, señoría.
—Arranca.
—Las otras vieron al
finado confesándose.
—Ya. —El juez se atusó las
sienes. Le volvió al corazón esa amenaza de vacío y miedo. Sentía las yemas muy
frías—. ¿Y con quién se confesaba?
—Con el finado.
Volvió a pasar: el frío se
concretó en un perdigón y se deslizó a través de la médula espinal. Lo percibió
en cada vértebra con un tintineo. Notó además un nudo de congoja en el
diafragma. Pero el juez se negó cualquier titubeo. La clave estaba en el
método: pautas en la inspiración, silogismos sin tacha en el razonamiento.
Estructuras en el aire donde sustentar la vida; un tamiz estructurado para separar
la emoción y sus parásitos. Le sudaban las palmas y él, para disimular, las
enjugaba en los pantalones como quien refuerza su autoridad.
—No sé si lo cojo —se
ensañó el juez—. El finado se estaba confesando con el finado.
—Señoría…
—O sea, el finado estaba
dentro y fuera del confesonario.
—Señoría, casi todas
recuerdan el momento. Fue cuando la consagración. Cruzó frente al altar… otra
vez.
—Porque ya lo había
cruzado antes.
—Son diecisiete, señoría.
Todas lo cuentan igual. Se santiguó, siguió hasta el confesonario…
—Pero no entró. Se quedó
de rodillas.
—En la ventanita, sí, para
confesarse. Eso, ya digo, las diecisiete. —Tragó saliva. Era tan delgado el
agente que la nuez casi se movía exenta—. Voy y tomo declaración a las tres
viejas que se confesaron. Las tres lo hicieron con el finado. Y luego insiste:
el cura no salió del confesonario en toda la misa. No se movió. Las cortinas
estaban echadas. No veían el interior, claro, pero sí la puerta. Y el cura no
salió del confesonario.
—En resumen, que no se
movió ante nadie el finado que cruzó ante todas.
—Todas no, con el permiso
de su señoría. Todas menos tres.
—¡Lo he visto! ¡Lo he
visto!
El grito, en falsete,
venía de los bancos antes de crecerse en los retumbos. La concurrencia se abrió
pulcramente en abanico. Fue más un recurso de precaución que un gesto de
urbanidad: el juez, en efecto, parecía dispuesto a embestir.
—Es Mateo, el sacristán. Es
un decir. Hace lo que puede, pero está un poco… Es un infeliz —dijo el párroco.
Lo hizo entre los jipíos: la voz minuciosa y atildada se había roto para siempre.
—¡No se movió, monseñor,
que yo lo vi! ¡Entró en la garita y no salió más!
El sacristán tenía un
timbre engañoso. El tipo era alto y forzudo, y era también, por sutilezas
inaprensibles, no tanto viejo como antiguo. Con el mostacho y la cabeza monda tenía
trazas de un Hércules de tiovivo. El juez observó un asomo de infantil en aquellos
ojos húmedos y sintió una fluencia de piedad hacia el gigante. Pero ante el
palpable delirio colectivo no cabía afecto alguno. En consecuencia, arrugó el
ceño; le dio un cariz foral tintado de alevosía, con matices de arrebato y
fuerza en las cosas. Y bajo la opresión de la mirada de autos, el agente corrió
a interrogar al sacristán como perseguido por un otrosí.
Fuera, más allá de los
muros, la vida normal prosperaba. La mañana se aupaba sin prisa sobre la
iglesia. El templo era feo sin remisión. La fachada barroca tenía las aristas
pulidas por el cierzo. Ya dentro, la fealdad, a su modo, favorecía la
penitencia. Cada poco las nubes colaban un rayo de sol; la luz se rompía en las
vidrieras y se armaba en las paredes. A veces, un reflejo bermellón se
estrellaba en la frente de un parroquiano, y se diría que un Dios iracundo
señalara a los grandes pecadores. A veces, con auxilio del polvo en suspensión,
los figurantes se veían envueltos en haces de lavanda, como ungidos por un Dios
compasivo. Pero en la cólera y en la bondad había un énfasis abusivo, para que
los hombres, los regañados y los bendecidos, se supieran sometidos a un tramoyista
sobrehumano.
El juez guardaba esa
percepción como una devoción secreta. La guardaba ahí donde el magistrado podía
rendirse a las futesas y custodiaba los miedos confiscados. En aquel sagrario
escondía también los pujos emotivos. El agente era un muchacho estúpido de pelo
cementado por las capas de fijador. El párroco era un cura muy chiquito en una
iglesia demasiado grande, y esas tallas de más le daban aire de niño desamparado.
Solo el muerto, con el pundonor que exhiben los cadáveres en presencia de los
vivos, ocupaba su lugar idóneo en el universo. El sacristán, sin embargo,
despedía un efluvio turbador que el juez no podía clasificar. A medida que
estudiaba el movimiento compulsivo de las manos, mientras analizaba su mirada
bovina, el juez se descubría embelesado. Era una seducción morbosa, censurada
por el digesto intelectivo; saberla prohibida y experimentar la tentación
producía en el magistrado una molesta sensación de incertidumbre. Se extendía
sobre su estómago como una faja helada.
El forense, con las manos
en los bolsillos, esperaba con un mohín de sarcasmo.
—¿Qué? ¿Puedo?
—Sí, puede —concedió el juez—.
Muévanlo.
Las palabras, las
preceptivas, disolvieron la expectación. Todos, activados por el mismo disparador,
se abalanzaron sobre el confesonario. Cada cual ejerció su competencia sin
tropiezos, inmerso en un complejo minué administrativo. Unos empolvaron la
madera; otros asieron el cadáver sin aprensión; tomaban fotos, hacían croquis,
medían distancias. Esa soltura inconmovible saturó la entereza del párroco, y,
doblado sobre un banco, vomitó por fin las magdalenas.
El muerto, a pesar de su
aspecto melancólico, conservaba cierto porte de vejez gallarda. La sotana, ya
insólita entre el clero local, le confería además un decoro solemne. Mientras
el forense, de rodillas junto al cadáver, le palpaba el cuello, la boca se
abría y se cerraba imperceptiblemente. Los ojos muertos miraban al juez y los
labios se movían como musitando. El magistrado tuvo que apartar la vista del
cadáver locuaz.
Para eludir esa ensoñación
macabra repasó en silencio sus notas mentales. Nada implicaba un crimen, por el
momento, pero sí había intriga. El juez no tenía dudas: en la historia de las
viejas se enredaban dos sacerdotes. Era una cuestión de identidad. Mientras el
difunto confesaba a las parroquianas, el segundo se había colado en la escena.
O bien, el difunto…
—¿Qué nombre era? —preguntó
sin volverse.
—Martín—respondió una voz—.
El padre Martín.
O bien, pues, el padre
Martín había cruzado frente al altar mientras el otro sacerdote, quien fuere,
confesaba a las ancianas. Eso era: una sencilla confusión.
Anduvo hasta el párroco,
que tenía un barniz cetrino en el rostro y lamparones en la solapa.
—Oiga, ¿cada uno de
ustedes tiene asignado un confesonario? ¿El padre Martín ocupaba siempre el
mismo? —El párroco asintió—. ¿Algún sacerdote pudo equivocarse?
El cura, desplomado en el
banco, le lanzó una mirada dolida ante la ignominia. Era evidente que, en aquella
iglesia, un ministro de Dios podía morir honradamente en su confesonario, pero en
modo alguno confundirlo con otro. El forense se acercó y citó al juez con un
ademán discreto. Hablaron apartados y en susurros.
—No veo heridas aparentes.
Hay protrusión en un ojo. Sería útil saber si sufría dolores de cabeza,
pérdidas sensoriales…
—¿Muerte natural, entonces?
—Prefiero esperar. Por
ahora, sin abrirlo, me inclino por un tumor. Me lo llevo, con su permiso.
El juez lo concedió en
silencio. Pero, de inmediato, retuvo al forense y llamó por señas a un policía
uniformado.
—Salga y vea si hay muchos
curiosos. Si hay gente esperando, busque una salida más discreta. Pregunte al
sacristán.
Se despidió entonces del
forense y volvió junto al párroco. Se forzó a ignorar las vaharadas agrias del
vino devuelto.
—Se van a llevar el
cuerpo. Oiga, padre, si hay algo que usted… —Buscaba en vano los términos de
etiqueta—. No sé si debe hacer algo en particular… Una extremaunción, un rezo,
qué sé yo… Tiene que ser ahora.
El párroco intento levantarse,
pero a medio camino se quedó quieto, muy quieto. Así, en una dramática postura
de jinete descabalgado, luchó por contener el llanto. Fue inútil. El pavor le
produjo arcadas secas, agónicas; el hombre se dejó caer, derrotado por la
asunción de su infamia. A punto estuvo el magistrado de palmear su espalda. En
el último instante, cuando levantaba la mano (la mano caritativa, la de
procurar consuelo), recordó que había abolido la noción de filantropía; que el
párroco, antes o después, habría de someterse al litigio de sí mismo. Y se
alejó sin hacer ruido, evitando no el dolor ajeno sino su propia inclinación al
prejuicio.
El agente se acercó a la
carrerilla.
—Señoría… Ha de oírlo
usted. El sacristán se va de cabeza. ¡Si me llama monseñor!
—¿Qué hay?
—No puedo, señoría. Si lo explico
yo, usted me toma por imbécil.
El juez se escribió en las
pupilas con esmero: Ya lo hago.
Sostuvo la mirada del agente, que no supo leer la tinta simpática. Al muchacho
le corría una gota de sudor por la sien; era una gota pingüe, morosa y
fascinante. De cerca, el chico olía a orina y polvos de talco. Renunció el
juez: cerró los ojos. Se había privado del altruismo, sí, pero también del
recelo. El brote de aversión no era más oportuno que la misericordia.
—Oye, dile al forense que
eche una ojeada al párroco.
—A la orden.
—Que lo haga como quien no
quiere, ¿estamos? Que te cuente después. Es mucha histeria para un señor tan mayorcito.
El agente lo tomó por un
chiste y forzó unas carcajadas de cortesía. Durante segundos interminables,
todos volvieron la cabeza hacia el relincho. El juez sentía plomadas en el
esófago.
—Hijo… Que Dios te ampare.
Le dio la espalda y caminó
hacia el sacristán. Para su extrañeza, apreció de nuevo un flujo de afecto
hacia el gigante. Era una impresión difusa pero incontestable, y también era
absurda por completo. Según se acercaba consiguió determinar su origen: el
sacristán encerraba el alma de un monaguillo. Sus dedos se enlazaban con
inquietud pueril; ladeaba la cabeza y miraba de reojo, tal vez avergonzado de
su tamaño desmedido. El juez no pudo evitar la ilación: el párroco era un señor
embutido en un cuerpo infantil; el sacristán era un crío en las entrañas de un
coloso. Ambos estaban sencillamente permutados. Y a pesar del interdicto se
recreó en esa oleada afectiva y permitió que emergieran los vestigios del
cariño.
El sacristán esperaba en
un banco, cabizbajo, tan en la esquina como permitía el equilibrio.
—¿Puedo sentarme con
usted? —El hombretón asintió y el juez se acomodó a su lado—. Se llama usted
Mateo, ¿no?
—Como el evangelista. El
ángel, ¿sabe? No el toro, ni el águila, ni el león. El ángel.
Al hablar lanzaba vistazos
al juez; en las miradas, fugaces y todo, le brillaba un poso de amargura.
Vestía un traje demasiado estrecho, que en los puños y en la espalda, cuando el
gigante se distendía, conservaba los reflejos del nailon.
—Mateo, ¿apreciaba mucho
al padre Martín?
—Mucho no. Gritaba, ¿sabe
usted? Dijo que yo había manchado el facistol. Pero no, yo le di con betún de
Judea porque hace más bonito en las rayas. Se ponen negras. —El juez estaba
perplejo—. Las rayas.
—¿Qué rayas?
—Las rayas de la madera.
De una hoja, por ejemplo. Las rayas se ponen negras y los bultos no. Pero hay
que saber darle.
El sacristán se encogió,
al tiempo avergonzado y presumido, y le prendió en el cráneo un rubor fogoso.
—¿Y qué ha pasado hoy,
Mateo?
—Que se ha muerto el
padre, monseñor.
—Y usted lo ha visto en el
confesonario.
—Ya lo creo. Como todas
las mañanas. Cuando empieza la misa de siete, va y se sienta. Y enciende la
lamparita. Y cuando está encendida, uno va y se confiesa.
—O sea, esta mañana ha
visto al padre Martín dentro del confesonario.
—Sí. Dentro, también.
El juez dio un respingo. Una
garrampa de angustia le pellizcó el pecho.
—¿También? O sea, ¿también
hoy?
—No. También dentro. Es
que fuera también estaba.
El magistrado se
estremeció. Notó en el ambiente una pátina indefinible, como si los cauces de
la cordura se hubieran oxidado de repente. Se aflojó el nudo de la corbata y
respiró su propio sudor evaporado, tibio y sofocante. El sacristán, sin
saberlo, tenía propiedades galvánicas y erizaba el vello de sus contertulios.
Para no atemorizar al
testigo, el juez se propuso hablar sin una entonación determinada, y se asustó
él de la voz átona, que sugería un orden nuevo e inaudito.
—Cuénteme lo que vio,
Mateo. Tómese el tiempo que quiera, pero explíquese. Necesito que se concentre
usted.
—Si es fácil, monseñor. A
las siete, como siempre, el padre Martín ha salido por esa puerta chica. Ha
pasado por ahí, por ahí, por ahí… —el sacristán movía dos dedos en el aire, como
piernecillas, paseando la mano por el camino figurado—, y ha entrado en el confesonario.
Ha encendido la lamparita, que es roja, ¿sabe usted?
—Siga, Mateo, por favor. —Si
el juez miraba fijamente al sacristán, le veía correr chiribitas por la piel—.
El padre entra en el confesonario, ¿y…?
—Y han pasado tres
señoras. Doña Isabel, doña Fina, pero la Fina de Comín, no la de Cebada, y la viuda de
Gómez-Gago. Puede ser que le cueste decir a usted Gómez-Gago, monseñor, pero es lo que hay. Han pasado las tres, ya
digo, se han confesado y han vuelto a su banco. Luego, cuando la consagración, ha
vuelto a cruzar por ahí el padre Martín.
—Que había salido del
confesonario.
—No. Estaba dentro. No se
ha movido.
—¡Pero entonces pasa dos
veces!
—Es que ha pasado dos
veces, monseñor. Y entonces el padre Martín se ha confesado con el padre Martín.
Se ha puesto de rodillas donde la reja, si usted me entiende, para que el otro
padre Martín le diera la absolución. Yo estaba ahí, en la pila bautismal. Desde
ahí se ve todo. En fin…
El juez se quedó colgado
de los puntos suspensivos. Se sabía cautivo de un loco, pero era la suya una
locura dulce y seductora. Lo otro, la vida, resultaba prosaico y obsoleto.
—Mateo, no pudo verlo. El
interior está demasiado oscuro. Pudo verlo fuera, pero dentro… es imposible.
—Ha abierto usted la
puerta, ¿verdad? Yo lo he oído desde la sacristía. Estaba a cinco metros del
confesonario cuando ha entrado el padre Martín. No ha salido. Aunque yo fuera
ciego, habría oído la puerta. Y si no ha salido es porque estaba dentro. Y como
también estaba fuera, pues eso. Estaba dentro y fuera. Estaba dos veces.
—Pero… Solo hay un cuerpo.
—Fíjese, monseñor, ya lo
he pensado. Me he descuidado un momento y cuando he vuelto la cabeza el padre
Martín de fuera ya no estaba. Eso me ha parecido raro.
—¡Por Dios! ¿Eso se le hace raro? ¿No le ha extrañado
que el padre estuviera dos veces? ¿No le asusta?
El sacristán arrugó la
frente y calló un rato largo. Con la uña, abstraído, rascaba obsesivamente las
vetas de la madera. Su respiración bufaba entre los pelos del mostacho. Luego
apoyó la mano inmensa en la rodilla del juez y habló en cuchicheos.
—Por Dios, ya dice bien
usted. Sienta: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas
conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan». No soy muy despierto, monseñor, esa
es la verdad. Pero oigo muy bien la misa. Yo pienso… —se detuvo, inseguro, como
si dudara en compartir un misterio —. Yo pienso que el padre Martín no era del
todo bueno, pero sí era del todo cura. Allá, dentro, en el confesonario, había
de darle muchas vueltas a la cabeza. Yo creo, en fin, que supo que se iba a
morir, aunque no supiera que lo sabía, si usted me entiende. Y la parte que lo
sabía se confesó con la mitad que no lo sabía. Eso creo yo.
Su señoría, a su vez, se
supo arrobado. Lo experimentaba como un remoto temblor sentimental: un afecto
que vibrara lejano pero nutriente. El forzudo tenía el halo sutilísimo de los
santos.
—Pero, Mateo, me habla
usted de un milagro.
—Pues igual. A lo mejor no
hace falta ser muy bueno, monseñor. Igual ya basta con no ser muy malo. Usted
piense que los hombres que se van a morir enseguida, pero no se dan cuenta,
también tienen derecho a la vida eterna. Y si es un milagro, habría de pasar
aquí. Sí, eso creo yo.
El juez, silencioso, se
dejaba mecer por las olas blandas de la ternura. El sacristán parpadeó y
expulsó una lágrima, solo una, perfecta, que se deslizó entre las arrugas hasta
sumirse en el bigote. Dejó una cicatriz que refulgía en la media luz.
El hechizo se quebró con
el ruido impertinente de la camilla. Se llevaban el cadáver por los anejos del
templo, evitando la portada. Cuando el cortejo estaba a punto de desaparecer
por el coro, se oyó la llamada del párroco: era todavía un grito de plañidero,
pero insinuaba una intención de aplomo. Luego, con un prurito de entereza, se
acercó al difunto a pasos cortos. Descubrieron el rostro del padre Martín. El
párroco empezó a bisbisar; supuso el juez que por fin había dado con el valor
necesario. Junto a las sillerías y bajo los frescos piadosos, el séquito era
una brutal irrupción de mediocridad. Y a pesar de ello, el juez apreciaba una
belleza extraordinaria en los camilleros indolentes; en el párroco, casi
encaramado al acero inoxidable; en los uniformes policiales, que evocaban un
pintoresco sanedrín pagano. Entre las referencias descomunales a lo divino era
un cuadro netamente humano.
El juez se levantó
jadeando.
—Mateo… Tendré que citarle
para una declaración oficial. ¿Lo comprende usted?
—Yo, lo que mande,
monseñor. Vaya usted con Dios.
Los funcionarios recogían
sus aperos. Se escuchaba el siseo pastoral y el aleteo arcangélico de las
palomas. El agente, simulando circunspección, controlaba tontamente idas y
venidas. Y el juez vacilaba entre la arcadia mansa del sacristán y el hermético
rigor procedimental. Se le apretaban las dudas bajo el esternón y le costaba
respirar.
Caminó hasta el
confesonario, muy despacio, dando tiempo a las querencias. La cabina abierta y
vacía era una llamada a la devoción, pero también a la lucidez. De haber un
enigma, se encontraba sin duda en los maderos labrados. El juez pisaba el
umbral entre dos mundos de naturaleza contradictoria: el hermoso caos del
sacristán, donde la lírica alimentaba los portentos, y el sistema irreductible
del Aranzadi.
El interior de la garita
era funcional y severo. Del exterior, todo eran follajes y cornucopias
sagradas; por dentro, las tablas apenas estaban desbastadas. Había un taburete,
poco más que un escabel. El juez se sentó. Con la puerta abierta sintió una
carga de intrusión. Estiró el brazo y cerró el portillo. Los goznes crujieron
con un gemido atroz. Entendió que el confesonario, todo él, actuaba como caja
de resonancia y hubo de aceptar el criterio del sacristán: era imposible
ignorar ese ruido. A través de las cortinas solo distinguía parte de los
bancos; a través de las celosías, nada. Al alcance de su mano descubrió dos
interruptores de palomilla. Con el primero no hubo efecto aparente, y supuso
que controlaba el piloto rojo. El segundo encendió una lamparita mortecina.
Golpeó la pared trasera con los nudillos y casi le defraudó su solidez. Era un
recinto vulgar que aludía a la muerte ordinaria de hombres normales. No había
trampa: no la había en términos físicos y no era patente al arbitrio de la fe.
Y, sin embargo, el juez degustó
la confortable soledad. Escuchó el murmullo de sus arterias. No había eco
alguno: la iglesia atmosférica, el templo de las grandes cúpulas celestes, quedaba
aplazado por el silencio rústico y guateado de la cabina. Apretó los ojos y
buscó referencias sensoriales, pero estaba envuelto en una quietud más que
perfecta. En cierto modo, pudo imaginar los procesos mentales del confesor. No
eran muy diferentes de los suyos; si acaso, de esa oscuridad los culpables
salían absueltos sin excepción. Agradeció ese momento de calma absoluta. Le
reconcilió con los agentes lerdos y con los muertos lenguaraces, con los
delitos y las faltas, con la sospecha, la prueba, el delirio y las emociones
sepultadas. Después abrió los ojos y se sintió ligero y aliviado.
Salió del confesonario,
sacudido de nuevo por sus gemidos sobrenaturales. En la puerta de la sacristía
esperaban todos, serviciales los unos por subordinados y los otros por el
simple amor del servicio. Cuando se dirigió al agente intentó sonreír.
—Que precinten el
confesonario. Y deja dos hombres a las órdenes del párroco. Si le parecen
suficientes, padre, desde luego.
—Espero que sobren los
dos. ¿Tardará mucho en…? ¿Cuándo podremos…?
—Lo antes posible. Se hará
la autopsia esta misma tarde. Tiene usted mi palabra.
Se quedaron callados, en
esa espera violenta que precede a las despedidas formales. Luego se estrecharon
la mano y el juez abrió camino.
—¡Monseñor! —El sacristán,
lloroso, se secó los mocos con la bocamanga—. ¡Dios le bendiga!
—Sí, señoría, que Dios le
bendiga —añadió el gigante—. Ha sido un gesto muy hermoso.
El magistrado llegó a dar
dos pasos. Dos: el primero para asumir, el segundo para presentir. Se volvió.
Le percutía el temor entre los pulmones.
—¿Qué gesto, padre?
—Hace un momento…
—¿Qué gesto, Mateo?
—En el confesonario,
monseñor.
El párroco lo tomó por el
brazo. Emanaba un candor paralizante.
—Cuando se ha arrodillado,
señoría.
El juez intentó hablar,
pero las palabras eran pelotas de espuma en el trigémino. Ordenó la memoria
inmediata y se quedó enredado en las volutas del miedo. Recordó un nudo en el
diafragma, una faja de hielo en el estómago, las dudas como pinzas en el
esternón, la percusión en los pulmones… Advirtió una imagen anómala en la
periferia del campo visual: los pilares del templo eran telescópicos y se
estiraban hasta alturas inconcebibles.
—No me he arrodillado
fuera. Me he sentado dentro, padre.
—¿Señoría?
—Estaba dentro. ¡Me he
sentado dentro!
—¡Que Dios me asista! ¡Si lo
hemos visto todos!
—Se ha puesto de rodillas,
monseñor. De rodillas, para confesarse. ¡Dios le bendiga!
Su señoría abrió la boca
para rebatir, o implorar, o convencer; pero devolvió un borbotón de la vida
misma. Lo vio suspenso en el aire, frente a las pupilas, cristalino y blando
como una pompa; vio también el reflejo de su propia mirada aturdida. Un nudo en
el diafragma, una faja de hielo en el estómago, el jadeo que subía de unos
pulmones muy hondos.
El dolor aglutinante
comenzó en el brazo izquierdo. Se extendió hacia el pecho, como si los glóbulos
del magistrado tuvieran conchas afiladas. Levantó la mano, la taxativa, la mano
abierta de decretar las prórrogas. Y el tiempo, en efecto, se detuvo por
completo en la mañana de autos.
Mientras caía, por fin
comprendió.
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