jueves, 4 de octubre de 2018

LA MAÑANA DE AUTOS. De Damián Torrijos (Huesca)


—Repite —dijo el juez—. ¡Con calma!
Mantuvo en alto el índice de amonestar y el agente bajó los ojos de parecer sumiso. Todos en derredor, inmóviles, cohibidos, analizaban los pormenores de la escala gestual; buscaban en los indicios un motivo para el suspiro.
El juez se sentó despacio; aún esgrimía el dedo. El agente tomó aire. Pero el magistrado, de pronto, abrió el puño. Fue una explosión de palmas taxativas, de rotundas palmas salomónicas que no admitían dislates. El agente suspendió el aliento ante la admonición. Pareció un episodio de quiromancia: en la mano abierta se podía leer, silabeada, la inquietud de su señoría. El juez alzó también la palma izquierda, y ya con ambas matizó, y modeló un ruego y lo esparció en el vacío. La súplica, de tener forma, hubiera de ser redonda y liviana, y habría flotado despacio, hasta perderse en el crucero; invisible y todo, el juez la contempló como si llevara prendida su esperanza. El juez quería escuchar de nuevo aquel cuento y a la vez no quería: era demasiado irreal como atestado y demasiado racional como fábula. Asumió que sentía un miedo de inútil clasificación.
Apenas sumaban una docena, pero se sentían muchedumbre. Apiñados en torno al confesonario, contritos por simpatía, no sabían bien qué hacer con la mirada. Alguno, acaso el más indolente, la paseaba por la iglesia; la detenía, por ejemplo, en el retablo, donde la purpurina daba sustancia al álgebra celestial. El propio juez había advertido las alegorías (el círculo inmaculado inscrito en el triángulo impecable); pero, lejos de confortar, la solidez de lo divino acentuaba el precario equilibrio humano. Sucedía además con el silencio. Los ecos del templo se encontraban en lo más alto de las naves, provocando una suerte de desazón abombada; y ese rumor pesaba sobre los susurros como un mandamiento violentado. El párroco, hospitalario, había traído una silla para el juez, pero la ficción del bienestar se tronzaba con los crujidos de la madera.
Su señoría se debatía entre la firmeza del procedimiento y la cualidad blanda de sus deseos. Sobre todo quería escapar; por un instante feliz, su pensamiento remontó la atmósfera empolvada de la iglesia. Muy arriba, en los vanos del tambor, el aleteo de las palomas era una mirífica presunción de ángeles. Aspiró el perfume sacramental de la resina, del incienso y las flores pochas. Pero advirtió enseguida el peso insoportable del deber. Juntó las palmas, como quien se ofrece a un sacrificio litúrgico, y se resignó.
—Volvamos al principio. ¿Han salido las ancianitas? ¿Todas? —El agente asintió—. Que cierren las puertas. Que nadie entre o salga sin mi permiso. No quiero sorpresas. ¿Estamos?
Un tipo uniformado apretó el paso hacia la entrada. Esa nota de urgencia agravó el sentimiento de intrusión y todos, una vez más, eludieron el contacto social de la mirada. A un carraspeo del juez se irguieron, modosos; a una señal de su mentón, el agente habló en voz baja.
—A ver, empiezo… —Antes de hablar, para no hundirse en el fárrago, el agente tanteaba las palabras con la punta del pie—. El párroco, aquí presente, ha encontrado el cadáver al acabar la misa de siete. Digamos que a las siete y media. Todos los días, a esa hora, puntual, el difunto salía del confesonario.
—Si salía difunto era cosa de ver. ¿Y los otros curas?
—No hay más —terció el párroco—. A esa hora, tan de mañana, nos valemos los dos. Está Martín, claro, el monaguillo, pero no cuenta. Y el pobre, además...
—¿Dónde está?
—Espera en la sacristía. Muy asustado.
El juez vio en el rostro del párroco una razón oculta. No le pareció un gesto culpable. No era complicidad con el monaguillo sino con el propio magistrado, como si ambos compartieran un motivo sobreentendido. El cura tenía por amor de lo votivo un triste color céreo
—¿Qué le llamó la atención? ¿Por qué se acercó usted al confesonario?
—Cada mañana digo la misa de siete y él atiende a los feligreses. Es más justo decir las feligresas, porque pocas veces hay hombres. Después de la misa, teníamos la costumbre de desayunar juntos. ¡Magdalenas con vino dulce, fíjese! Él siempre me esperaba ahí, donde el ambón. Hoy no. He visto encendida la lámpara del confesonario y he supuesto que aún estaba ocupado. Luego, al rato, ya me ha parecido extraño. He pensado que igual se había quedado dormido.
—Y se ha acercado y…
—Estaba muerto.
El juez se levantó. Le bastó el arco de las cejas para dar instrucciones. El agente cerró la puerta del confesonario, que rechinó con una estridencia sobrecogedora; apagó el foco, suministro de la policía científica. Sin esa luz, que concedía al cadáver una asepsia despiadada, industrial, la escena volvió al claroscuro tremendista. La cabina estaba muy decorada con grutescos, que confluían arriba, en el friso, en la talla de un calvario. Dos cortinas de terciopelo se apoyaban en la repisa. Entre ambas, el rostro del cura era apenas un barrunto. Había una bombilla en el interior que daba un resplandor tenue, casi extinto; tal vez no era útil al confesor, pero sumergía al penitente en una formidable ilusión de presencias sugeridas.
—Usted se acerca —siguió el juez—, ¿y después?
—He mirado, claro.
—Hágalo.
El párroco apartó una cortina y el brillo de los candeleros desveló media cara. Era una mitad suficiente. Tenía el muerto los párpados caídos, lánguidos pero entreabiertos; la hemorragia nasal, ya seca, evocaba un patético bigote pintado; en el belfo se condensaba un grumo ominoso. Apoyado en la celosía, con la mandíbula descolgada y esa pamplina en los ojos, el difunto se adentraba con pereza en la eternidad.
El juez se movía de un lado a otro, atisbando con actitud pericial. No había gran cosa que ver, pero formaba parte del protocolo. Los funcionarios seguían sus evoluciones con la discreción reverente que merecen los grandes magos.
—Y usted no toca nada.
—Nada. ¿Qué había de tocar?
—Y llama a la policía. ¿Por qué no pidió usted una ambulancia?
—¿Para qué? Estaba muerto. —El párroco tenía esa voz aflautada, melindrosa, que se elabora como un prodigio interdental. Pero la estropeó finalmente y el hombrecito comenzó a llorar—. Estaba muerto…
El juez asistió impávido a los sollozos. Un hombre puede esconder una mentira entre las lágrimas; se puede atestiguar la verdad con un mutismo de apariencia culpable. Su señoría esquivó un dolor tan bien llorado y se encaró con el forense de guardia preguntando con el pico de las cejas.
—Le cuento más tarde a su señoría, pero yo creo que es muerte natural.
Tres veces había repetido el interrogatorio; las respuestas eran idénticas y apuntaban ya la sordina del tedio. Arriba, en la cúpula, el zureo de las palomas tenía un rasgo de impaciencia. Había llegado de nuevo al borde mismo de la sensatez, y la locura intuida le producía vértigo. Pero se impuso disciplina sumaria ante lo insoslayable.
El juez, entonces, volvió a la silla, respiró hondo y extendió el índice.
—Ahora sigue. Repite. Pero con calma.
El vacío rebombaba muy grave y a veces apostillaba con ecos de agudeza infinita. El agente boqueaba, tímido, aplastado por los armónicos del templo. Las palabras se desleían en su lengua como pan consagrado.
—El párroco llama a comisaría —empezó—. Tiene el instinto de pedir a las fieli… a las firigle…
—Las feligresas.
—A las viejas, sí. Tiene el reflejo de pedir que se queden. Hay veinte. Veinte mujeres. Señoría, necesito que crea que eran veinte. Voy y les tomo declaración. Durante la misa, tres se confesaron con el finado. Las otras…
—Suéltalo.
—Son diecisiete, señoría.
—Arranca.
—Las otras vieron al finado confesándose.
—Ya. —El juez se atusó las sienes. Le volvió al corazón esa amenaza de vacío y miedo. Sentía las yemas muy frías—. ¿Y con quién se confesaba?
—Con el finado.
Volvió a pasar: el frío se concretó en un perdigón y se deslizó a través de la médula espinal. Lo percibió en cada vértebra con un tintineo. Notó además un nudo de congoja en el diafragma. Pero el juez se negó cualquier titubeo. La clave estaba en el método: pautas en la inspiración, silogismos sin tacha en el razonamiento. Estructuras en el aire donde sustentar la vida; un tamiz estructurado para separar la emoción y sus parásitos. Le sudaban las palmas y él, para disimular, las enjugaba en los pantalones como quien refuerza su autoridad.
—No sé si lo cojo —se ensañó el juez—. El finado se estaba confesando con el finado.
—Señoría…
—O sea, el finado estaba dentro y fuera del confesonario.
—Señoría, casi todas recuerdan el momento. Fue cuando la consagración. Cruzó frente al altar… otra vez.
—Porque ya lo había cruzado antes.
—Son diecisiete, señoría. Todas lo cuentan igual. Se santiguó, siguió hasta el confesonario…
—Pero no entró. Se quedó de rodillas.
—En la ventanita, sí, para confesarse. Eso, ya digo, las diecisiete. —Tragó saliva. Era tan delgado el agente que la nuez casi se movía exenta—. Voy y tomo declaración a las tres viejas que se confesaron. Las tres lo hicieron con el finado. Y luego insiste: el cura no salió del confesonario en toda la misa. No se movió. Las cortinas estaban echadas. No veían el interior, claro, pero sí la puerta. Y el cura no salió del confesonario.
—En resumen, que no se movió ante nadie el finado que cruzó ante todas.
—Todas no, con el permiso de su señoría. Todas menos tres.
—¡Lo he visto! ¡Lo he visto!
El grito, en falsete, venía de los bancos antes de crecerse en los retumbos. La concurrencia se abrió pulcramente en abanico. Fue más un recurso de precaución que un gesto de urbanidad: el juez, en efecto, parecía dispuesto a embestir.
—Es Mateo, el sacristán. Es un decir. Hace lo que puede, pero está un poco… Es un infeliz —dijo el párroco. Lo hizo entre los jipíos: la voz minuciosa y atildada se había roto para siempre.
—¡No se movió, monseñor, que yo lo vi! ¡Entró en la garita y no salió más!
El sacristán tenía un timbre engañoso. El tipo era alto y forzudo, y era también, por sutilezas inaprensibles, no tanto viejo como antiguo. Con el mostacho y la cabeza monda tenía trazas de un Hércules de tiovivo. El juez observó un asomo de infantil en aquellos ojos húmedos y sintió una fluencia de piedad hacia el gigante. Pero ante el palpable delirio colectivo no cabía afecto alguno. En consecuencia, arrugó el ceño; le dio un cariz foral tintado de alevosía, con matices de arrebato y fuerza en las cosas. Y bajo la opresión de la mirada de autos, el agente corrió a interrogar al sacristán como perseguido por un otrosí.
Fuera, más allá de los muros, la vida normal prosperaba. La mañana se aupaba sin prisa sobre la iglesia. El templo era feo sin remisión. La fachada barroca tenía las aristas pulidas por el cierzo. Ya dentro, la fealdad, a su modo, favorecía la penitencia. Cada poco las nubes colaban un rayo de sol; la luz se rompía en las vidrieras y se armaba en las paredes. A veces, un reflejo bermellón se estrellaba en la frente de un parroquiano, y se diría que un Dios iracundo señalara a los grandes pecadores. A veces, con auxilio del polvo en suspensión, los figurantes se veían envueltos en haces de lavanda, como ungidos por un Dios compasivo. Pero en la cólera y en la bondad había un énfasis abusivo, para que los hombres, los regañados y los bendecidos, se supieran sometidos a un tramoyista sobrehumano.
El juez guardaba esa percepción como una devoción secreta. La guardaba ahí donde el magistrado podía rendirse a las futesas y custodiaba los miedos confiscados. En aquel sagrario escondía también los pujos emotivos. El agente era un muchacho estúpido de pelo cementado por las capas de fijador. El párroco era un cura muy chiquito en una iglesia demasiado grande, y esas tallas de más le daban aire de niño desamparado. Solo el muerto, con el pundonor que exhiben los cadáveres en presencia de los vivos, ocupaba su lugar idóneo en el universo. El sacristán, sin embargo, despedía un efluvio turbador que el juez no podía clasificar. A medida que estudiaba el movimiento compulsivo de las manos, mientras analizaba su mirada bovina, el juez se descubría embelesado. Era una seducción morbosa, censurada por el digesto intelectivo; saberla prohibida y experimentar la tentación producía en el magistrado una molesta sensación de incertidumbre. Se extendía sobre su estómago como una faja helada.
El forense, con las manos en los bolsillos, esperaba con un mohín de sarcasmo.
—¿Qué? ¿Puedo?
—Sí, puede —concedió el juez—. Muévanlo.
Las palabras, las preceptivas, disolvieron la expectación. Todos, activados por el mismo disparador, se abalanzaron sobre el confesonario. Cada cual ejerció su competencia sin tropiezos, inmerso en un complejo minué administrativo. Unos empolvaron la madera; otros asieron el cadáver sin aprensión; tomaban fotos, hacían croquis, medían distancias. Esa soltura inconmovible saturó la entereza del párroco, y, doblado sobre un banco, vomitó por fin las magdalenas.
El muerto, a pesar de su aspecto melancólico, conservaba cierto porte de vejez gallarda. La sotana, ya insólita entre el clero local, le confería además un decoro solemne. Mientras el forense, de rodillas junto al cadáver, le palpaba el cuello, la boca se abría y se cerraba imperceptiblemente. Los ojos muertos miraban al juez y los labios se movían como musitando. El magistrado tuvo que apartar la vista del cadáver locuaz.
Para eludir esa ensoñación macabra repasó en silencio sus notas mentales. Nada implicaba un crimen, por el momento, pero sí había intriga. El juez no tenía dudas: en la historia de las viejas se enredaban dos sacerdotes. Era una cuestión de identidad. Mientras el difunto confesaba a las parroquianas, el segundo se había colado en la escena. O bien, el difunto…
—¿Qué nombre era? —preguntó sin volverse.
—Martín—respondió una voz—. El padre Martín.
O bien, pues, el padre Martín había cruzado frente al altar mientras el otro sacerdote, quien fuere, confesaba a las ancianas. Eso era: una sencilla confusión.
Anduvo hasta el párroco, que tenía un barniz cetrino en el rostro y lamparones en la solapa.
—Oiga, ¿cada uno de ustedes tiene asignado un confesonario? ¿El padre Martín ocupaba siempre el mismo? —El párroco asintió—. ¿Algún sacerdote pudo equivocarse?
El cura, desplomado en el banco, le lanzó una mirada dolida ante la ignominia. Era evidente que, en aquella iglesia, un ministro de Dios podía morir honradamente en su confesonario, pero en modo alguno confundirlo con otro. El forense se acercó y citó al juez con un ademán discreto. Hablaron apartados y en susurros.
—No veo heridas aparentes. Hay protrusión en un ojo. Sería útil saber si sufría dolores de cabeza, pérdidas sensoriales…
—¿Muerte natural, entonces?
—Prefiero esperar. Por ahora, sin abrirlo, me inclino por un tumor. Me lo llevo, con su permiso.
El juez lo concedió en silencio. Pero, de inmediato, retuvo al forense y llamó por señas a un policía uniformado.
—Salga y vea si hay muchos curiosos. Si hay gente esperando, busque una salida más discreta. Pregunte al sacristán.
Se despidió entonces del forense y volvió junto al párroco. Se forzó a ignorar las vaharadas agrias del vino devuelto.
—Se van a llevar el cuerpo. Oiga, padre, si hay algo que usted… —Buscaba en vano los términos de etiqueta—. No sé si debe hacer algo en particular… Una extremaunción, un rezo, qué sé yo… Tiene que ser ahora.
El párroco intento levantarse, pero a medio camino se quedó quieto, muy quieto. Así, en una dramática postura de jinete descabalgado, luchó por contener el llanto. Fue inútil. El pavor le produjo arcadas secas, agónicas; el hombre se dejó caer, derrotado por la asunción de su infamia. A punto estuvo el magistrado de palmear su espalda. En el último instante, cuando levantaba la mano (la mano caritativa, la de procurar consuelo), recordó que había abolido la noción de filantropía; que el párroco, antes o después, habría de someterse al litigio de sí mismo. Y se alejó sin hacer ruido, evitando no el dolor ajeno sino su propia inclinación al prejuicio.
El agente se acercó a la carrerilla.
—Señoría… Ha de oírlo usted. El sacristán se va de cabeza. ¡Si me llama monseñor!
—¿Qué hay?
—No puedo, señoría. Si lo explico yo, usted me toma por imbécil.
El juez se escribió en las pupilas con esmero: Ya lo hago. Sostuvo la mirada del agente, que no supo leer la tinta simpática. Al muchacho le corría una gota de sudor por la sien; era una gota pingüe, morosa y fascinante. De cerca, el chico olía a orina y polvos de talco. Renunció el juez: cerró los ojos. Se había privado del altruismo, sí, pero también del recelo. El brote de aversión no era más oportuno que la misericordia.
—Oye, dile al forense que eche una ojeada al párroco.
—A la orden.
—Que lo haga como quien no quiere, ¿estamos? Que te cuente después. Es mucha histeria para un señor tan mayorcito.
El agente lo tomó por un chiste y forzó unas carcajadas de cortesía. Durante segundos interminables, todos volvieron la cabeza hacia el relincho. El juez sentía plomadas en el esófago.
—Hijo… Que Dios te ampare.
Le dio la espalda y caminó hacia el sacristán. Para su extrañeza, apreció de nuevo un flujo de afecto hacia el gigante. Era una impresión difusa pero incontestable, y también era absurda por completo. Según se acercaba consiguió determinar su origen: el sacristán encerraba el alma de un monaguillo. Sus dedos se enlazaban con inquietud pueril; ladeaba la cabeza y miraba de reojo, tal vez avergonzado de su tamaño desmedido. El juez no pudo evitar la ilación: el párroco era un señor embutido en un cuerpo infantil; el sacristán era un crío en las entrañas de un coloso. Ambos estaban sencillamente permutados. Y a pesar del interdicto se recreó en esa oleada afectiva y permitió que emergieran los vestigios del cariño.
El sacristán esperaba en un banco, cabizbajo, tan en la esquina como permitía el equilibrio.
—¿Puedo sentarme con usted? —El hombretón asintió y el juez se acomodó a su lado—. Se llama usted Mateo, ¿no?
—Como el evangelista. El ángel, ¿sabe? No el toro, ni el águila, ni el león. El ángel.
Al hablar lanzaba vistazos al juez; en las miradas, fugaces y todo, le brillaba un poso de amargura. Vestía un traje demasiado estrecho, que en los puños y en la espalda, cuando el gigante se distendía, conservaba los reflejos del nailon.
—Mateo, ¿apreciaba mucho al padre Martín?
—Mucho no. Gritaba, ¿sabe usted? Dijo que yo había manchado el facistol. Pero no, yo le di con betún de Judea porque hace más bonito en las rayas. Se ponen negras. —El juez estaba perplejo—. Las rayas.
—¿Qué rayas?
—Las rayas de la madera. De una hoja, por ejemplo. Las rayas se ponen negras y los bultos no. Pero hay que saber darle.
El sacristán se encogió, al tiempo avergonzado y presumido, y le prendió en el cráneo un rubor fogoso.
—¿Y qué ha pasado hoy, Mateo?
—Que se ha muerto el padre, monseñor.
—Y usted lo ha visto en el confesonario.
—Ya lo creo. Como todas las mañanas. Cuando empieza la misa de siete, va y se sienta. Y enciende la lamparita. Y cuando está encendida, uno va y se confiesa.
—O sea, esta mañana ha visto al padre Martín dentro del confesonario.
—Sí. Dentro, también.
El juez dio un respingo. Una garrampa de angustia le pellizcó el pecho.
—¿También? O sea, ¿también hoy?
—No. También dentro. Es que fuera también estaba.
El magistrado se estremeció. Notó en el ambiente una pátina indefinible, como si los cauces de la cordura se hubieran oxidado de repente. Se aflojó el nudo de la corbata y respiró su propio sudor evaporado, tibio y sofocante. El sacristán, sin saberlo, tenía propiedades galvánicas y erizaba el vello de sus contertulios.
Para no atemorizar al testigo, el juez se propuso hablar sin una entonación determinada, y se asustó él de la voz átona, que sugería un orden nuevo e inaudito.
—Cuénteme lo que vio, Mateo. Tómese el tiempo que quiera, pero explíquese. Necesito que se concentre usted.
—Si es fácil, monseñor. A las siete, como siempre, el padre Martín ha salido por esa puerta chica. Ha pasado por ahí, por ahí, por ahí… —el sacristán movía dos dedos en el aire, como piernecillas, paseando la mano por el camino figurado—, y ha entrado en el confesonario. Ha encendido la lamparita, que es roja, ¿sabe usted?
—Siga, Mateo, por favor. —Si el juez miraba fijamente al sacristán, le veía correr chiribitas por la piel—. El padre entra en el confesonario, ¿y…?
—Y han pasado tres señoras. Doña Isabel, doña Fina, pero la Fina de Comín, no la de Cebada, y la viuda de Gómez-Gago. Puede ser que le cueste decir a usted Gómez-Gago, monseñor, pero es lo que hay. Han pasado las tres, ya digo, se han confesado y han vuelto a su banco. Luego, cuando la consagración, ha vuelto a cruzar por ahí el padre Martín.
—Que había salido del confesonario.
—No. Estaba dentro. No se ha movido.
—¡Pero entonces pasa dos veces!
—Es que ha pasado dos veces, monseñor. Y entonces el padre Martín se ha confesado con el padre Martín. Se ha puesto de rodillas donde la reja, si usted me entiende, para que el otro padre Martín le diera la absolución. Yo estaba ahí, en la pila bautismal. Desde ahí se ve todo. En fin…
El juez se quedó colgado de los puntos suspensivos. Se sabía cautivo de un loco, pero era la suya una locura dulce y seductora. Lo otro, la vida, resultaba prosaico y obsoleto.
—Mateo, no pudo verlo. El interior está demasiado oscuro. Pudo verlo fuera, pero dentro… es imposible.
—Ha abierto usted la puerta, ¿verdad? Yo lo he oído desde la sacristía. Estaba a cinco metros del confesonario cuando ha entrado el padre Martín. No ha salido. Aunque yo fuera ciego, habría oído la puerta. Y si no ha salido es porque estaba dentro. Y como también estaba fuera, pues eso. Estaba dentro y fuera. Estaba dos veces.
—Pero… Solo hay un cuerpo.
—Fíjese, monseñor, ya lo he pensado. Me he descuidado un momento y cuando he vuelto la cabeza el padre Martín de fuera ya no estaba. Eso me ha parecido raro.
—¡Por Dios! ¿Eso se le hace raro? ¿No le ha extrañado que el padre estuviera dos veces? ¿No le asusta?
El sacristán arrugó la frente y calló un rato largo. Con la uña, abstraído, rascaba obsesivamente las vetas de la madera. Su respiración bufaba entre los pelos del mostacho. Luego apoyó la mano inmensa en la rodilla del juez y habló en cuchicheos.
—Por Dios, ya dice bien usted. Sienta: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan». No soy muy despierto, monseñor, esa es la verdad. Pero oigo muy bien la misa. Yo pienso… —se detuvo, inseguro, como si dudara en compartir un misterio —. Yo pienso que el padre Martín no era del todo bueno, pero sí era del todo cura. Allá, dentro, en el confesonario, había de darle muchas vueltas a la cabeza. Yo creo, en fin, que supo que se iba a morir, aunque no supiera que lo sabía, si usted me entiende. Y la parte que lo sabía se confesó con la mitad que no lo sabía. Eso creo yo.
Su señoría, a su vez, se supo arrobado. Lo experimentaba como un remoto temblor sentimental: un afecto que vibrara lejano pero nutriente. El forzudo tenía el halo sutilísimo de los santos.
—Pero, Mateo, me habla usted de un milagro.
—Pues igual. A lo mejor no hace falta ser muy bueno, monseñor. Igual ya basta con no ser muy malo. Usted piense que los hombres que se van a morir enseguida, pero no se dan cuenta, también tienen derecho a la vida eterna. Y si es un milagro, habría de pasar aquí. Sí, eso creo yo.
El juez, silencioso, se dejaba mecer por las olas blandas de la ternura. El sacristán parpadeó y expulsó una lágrima, solo una, perfecta, que se deslizó entre las arrugas hasta sumirse en el bigote. Dejó una cicatriz que refulgía en la media luz.
El hechizo se quebró con el ruido impertinente de la camilla. Se llevaban el cadáver por los anejos del templo, evitando la portada. Cuando el cortejo estaba a punto de desaparecer por el coro, se oyó la llamada del párroco: era todavía un grito de plañidero, pero insinuaba una intención de aplomo. Luego, con un prurito de entereza, se acercó al difunto a pasos cortos. Descubrieron el rostro del padre Martín. El párroco empezó a bisbisar; supuso el juez que por fin había dado con el valor necesario. Junto a las sillerías y bajo los frescos piadosos, el séquito era una brutal irrupción de mediocridad. Y a pesar de ello, el juez apreciaba una belleza extraordinaria en los camilleros indolentes; en el párroco, casi encaramado al acero inoxidable; en los uniformes policiales, que evocaban un pintoresco sanedrín pagano. Entre las referencias descomunales a lo divino era un cuadro netamente humano.
El juez se levantó jadeando.
—Mateo… Tendré que citarle para una declaración oficial. ¿Lo comprende usted?
—Yo, lo que mande, monseñor. Vaya usted con Dios.
Los funcionarios recogían sus aperos. Se escuchaba el siseo pastoral y el aleteo arcangélico de las palomas. El agente, simulando circunspección, controlaba tontamente idas y venidas. Y el juez vacilaba entre la arcadia mansa del sacristán y el hermético rigor procedimental. Se le apretaban las dudas bajo el esternón y le costaba respirar.
Caminó hasta el confesonario, muy despacio, dando tiempo a las querencias. La cabina abierta y vacía era una llamada a la devoción, pero también a la lucidez. De haber un enigma, se encontraba sin duda en los maderos labrados. El juez pisaba el umbral entre dos mundos de naturaleza contradictoria: el hermoso caos del sacristán, donde la lírica alimentaba los portentos, y el sistema irreductible del Aranzadi.
El interior de la garita era funcional y severo. Del exterior, todo eran follajes y cornucopias sagradas; por dentro, las tablas apenas estaban desbastadas. Había un taburete, poco más que un escabel. El juez se sentó. Con la puerta abierta sintió una carga de intrusión. Estiró el brazo y cerró el portillo. Los goznes crujieron con un gemido atroz. Entendió que el confesonario, todo él, actuaba como caja de resonancia y hubo de aceptar el criterio del sacristán: era imposible ignorar ese ruido. A través de las cortinas solo distinguía parte de los bancos; a través de las celosías, nada. Al alcance de su mano descubrió dos interruptores de palomilla. Con el primero no hubo efecto aparente, y supuso que controlaba el piloto rojo. El segundo encendió una lamparita mortecina. Golpeó la pared trasera con los nudillos y casi le defraudó su solidez. Era un recinto vulgar que aludía a la muerte ordinaria de hombres normales. No había trampa: no la había en términos físicos y no era patente al arbitrio de la fe.
Y, sin embargo, el juez degustó la confortable soledad. Escuchó el murmullo de sus arterias. No había eco alguno: la iglesia atmosférica, el templo de las grandes cúpulas celestes, quedaba aplazado por el silencio rústico y guateado de la cabina. Apretó los ojos y buscó referencias sensoriales, pero estaba envuelto en una quietud más que perfecta. En cierto modo, pudo imaginar los procesos mentales del confesor. No eran muy diferentes de los suyos; si acaso, de esa oscuridad los culpables salían absueltos sin excepción. Agradeció ese momento de calma absoluta. Le reconcilió con los agentes lerdos y con los muertos lenguaraces, con los delitos y las faltas, con la sospecha, la prueba, el delirio y las emociones sepultadas. Después abrió los ojos y se sintió ligero y aliviado.
Salió del confesonario, sacudido de nuevo por sus gemidos sobrenaturales. En la puerta de la sacristía esperaban todos, serviciales los unos por subordinados y los otros por el simple amor del servicio. Cuando se dirigió al agente intentó sonreír.
—Que precinten el confesonario. Y deja dos hombres a las órdenes del párroco. Si le parecen suficientes, padre, desde luego.
—Espero que sobren los dos. ¿Tardará mucho en…? ¿Cuándo podremos…?
—Lo antes posible. Se hará la autopsia esta misma tarde. Tiene usted mi palabra.
Se quedaron callados, en esa espera violenta que precede a las despedidas formales. Luego se estrecharon la mano y el juez abrió camino.
—¡Monseñor! —El sacristán, lloroso, se secó los mocos con la bocamanga—. ¡Dios le bendiga!
—Sí, señoría, que Dios le bendiga —añadió el gigante—. Ha sido un gesto muy hermoso.
El magistrado llegó a dar dos pasos. Dos: el primero para asumir, el segundo para presentir. Se volvió. Le percutía el temor entre los pulmones.
—¿Qué gesto, padre?
—Hace un momento…
—¿Qué gesto, Mateo?
—En el confesonario, monseñor.
El párroco lo tomó por el brazo. Emanaba un candor paralizante.
—Cuando se ha arrodillado, señoría.
El juez intentó hablar, pero las palabras eran pelotas de espuma en el trigémino. Ordenó la memoria inmediata y se quedó enredado en las volutas del miedo. Recordó un nudo en el diafragma, una faja de hielo en el estómago, las dudas como pinzas en el esternón, la percusión en los pulmones… Advirtió una imagen anómala en la periferia del campo visual: los pilares del templo eran telescópicos y se estiraban hasta alturas inconcebibles.
—No me he arrodillado fuera. Me he sentado dentro, padre.
—¿Señoría?
—Estaba dentro. ¡Me he sentado dentro!
—¡Que Dios me asista! ¡Si lo hemos visto todos!
—Se ha puesto de rodillas, monseñor. De rodillas, para confesarse. ¡Dios le bendiga!
Su señoría abrió la boca para rebatir, o implorar, o convencer; pero devolvió un borbotón de la vida misma. Lo vio suspenso en el aire, frente a las pupilas, cristalino y blando como una pompa; vio también el reflejo de su propia mirada aturdida. Un nudo en el diafragma, una faja de hielo en el estómago, el jadeo que subía de unos pulmones muy hondos.
El dolor aglutinante comenzó en el brazo izquierdo. Se extendió hacia el pecho, como si los glóbulos del magistrado tuvieran conchas afiladas. Levantó la mano, la taxativa, la mano abierta de decretar las prórrogas. Y el tiempo, en efecto, se detuvo por completo en la mañana de autos.
Mientras caía, por fin comprendió.

No hay comentarios:

Publicar un comentario